Arauco tiene una pena, de Violeta Parra
Allí donde me llevó conocí a unas gentes que nunca hubiera imaginado conocer. Gentes que conocían a sus antepasadxs y lxs honraban. Gentes que vivían en armonía con la naturaleza, que la cuidaban, la respetaban y la amaban. Gentes que atesoraban los conocimientos ancestrales que les permitían vivir sin necesidad de uno solo de estos malditos avances tecnológicos que tantas cadenas han echado sobre mí. Gentes cuyas sonrisas son más hermosas que cualquiera de las que he podido ver en está sucia y gris ciudad.
Pero algo inquietaba su felicidad. Su equilibrio y paz ancestrales. Algo estaba atacando a estas gentes, las estaba expulsando de sus territorios. Algo las estaba obligando a renunciar a su cultura, a humillarse ante falsos ídolos materiales. Algo estaba encadenando a estas gentes, las estaba encerrando en cárceles invisibles a la espera del cumplimiento de la fatal sentencia. Algo las estaba haciendo llorar. Y yo lloré con ellas.
Los mapuches son solo uno de los pueblos a los que la pérfida y abominable "civilización occidental" ha robado, maltratado, humillado y exterminado. Esta "civilización" encarnada en el hombre blanco, en el BBVA (blanco, burgués, varón, adulto), ha recorrido el planeta entero sembrando la muerte con su avaricia. Ha aniquilado cualquier oposición, mediante la fuerza, y a aquellxs que no ha aniquilado, los ha esclavizado.
Los pueblos del mundo lloran la muerte de sus hermanxs a manos del egoísmo occidental, de la barbarie de los que se han creído únicos y diferentes al resto. A esos pueblos los llamamos indígenas, y con ignorante valentía nos atrevemos a intentar enseñarles como vivir. Enseñar a pescar a un hombre africano en vez de darle un pescado... ¿Acaso lxs africanxs no saben pescar? ¿Acaso necesitan de nuestra ayuda para vivir? Será que siguen corriendo delante de los leones, como en nuestras películas preferidas...
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| Mural de ciudad Neza (México), inspirado en la cosmovisión de los pueblos originarios de lo que hoy llamamos Chile y México |
Yo tuve la suerte o la desgracia de nacer en Occidente. Nunca pretendí colaborar con la barbarie y el horror, pero hoy me lamento por sentir que aunque no quiera, la perversión de este mundo me hace cómplice de estos actos. No puedo evitar llorar cuando sé que la civilización en la que estoy inserto está cavando su propia tumba. Cuando sé que muchxs de mis iguales más próximxs se creen desligadxs de la naturaleza, cuando demuestran ignorar el equilibrio natural, la interrelación de todos los seres de este planeta, cuando proponen soluciones a nuestros problemas sin tener en cuenta a la Pachamama, olvidando las consecuencias fatales de esto. Hace tiempo que en Occidente decidimos que con nuestra voluntad era suficiente como para declararnos independientes de la naturaleza, aún a sabiendas de que nada sobre este planeta puede ser independiente del resto. Nada. Y mucho menos nosotrxs.
Esta civilización está destruyéndose a sí misma, pero no solo eso. ¡Ojalá fuese solo eso! Esta destruyendo el planeta entero con todos sus seres vivos incluidos dentro de él. Y previamente se lleva por delante a todxs lxs que no comulgan con ella. A lxs verdaderxs hijxs de Gaia, lxs que no renunciaron a ella.
Y son de estxs hijxs de Gaia de lxs que deberíamos aprender nosotrxs, omnipotentes occidentales. Nosotrxs que conocemos la fórmula que nos permitiría destruir este planeta pero que ignoramos la que nos permitiría vivir en paz con lxs demás. Nosotrxs que ansiamos ver cohetes en los cielos pero ignoramos el mágico vuelo de un ave. Nosotrxs que despreciamos a lxs que no quieren ser cómplices de nuestra carrera hacia el abismo. Nosotrxs tenemos mucho que aprender, pues hace tiempo que olvidamos. Y ellxs, desde América y Asia, desde África, Oceanía y Europa, nos enseñarán el camino gustosxs. Así me lo dijeron lxs mapuches. Quieren volver a sonreír. Y que esta vez la sonrisa sea colectiva. Quieren que sus hermanxs de Occidente recuerden su pasado y decidan vivir en paz con la tierra. Con su único y eterno hogar.
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| Mural Latinoamérica, de La Mano, en el Museo a Cielo Abierto en San Miguel (Chile). |
Yo también quiero sonreír. Añoro el murmurar de los ríos, libres y salvajes. La vida tranquila y sosegada de trabajo en armonía con la naturaleza. El olor de los inmensos bosques y la alegría de perseguir una mariposa solo para ver a donde va. Mirar al cielo azul y contemplar las blancas nubes empujadas por el dios viento. Y correr bajo la lluvia manchándome de barro, gritándole a los truenos que no podrán rugir más que yo. ¡Y caer al suelo asustado por la respuesta del trueno! Añoro todo eso a pesar de no haberlo vivido jamás.
Y también la añoro a ella. Violeta, ojala estuvieses con nosotrxs. Te echo tanto de menos.





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